Lawrence Busch, especialista de la Universidad de Michigan, EEUU, señala que sin norma los productores, semilleros, procesadores e incluso los consumidores pagarán el precio.
Desde hace mucho tiempo que se viene hablando del tema. Por más de un año se debate una ley sobre biotecnología que normará, entre otras cosas, la producción de organismos genéticamente modificados Hasta ahora, Chile es uno de los pocos países del mundo que no cuentan con legislación al respecto, a pesar de que sí consume OGM.
La moción parlamentaria ahora está en el Congreso en el análisis de las distintas indicaciones que se le hicieron, tras ser aprobada en general por la Comisión de Agricultura y después por la sala del Senado, En la opinión pública el tema está aún en pañales. Por ello, surgen debates sobre qué quiere y debe tener el país en esta área, como el que realizarán hoy el Núcleo Milenio en Genómica Funcional de la Universidad Católica y la Universidad Santo Tomás, titulado “Cultivos Transgénicos, ¿Qué queremos como país?.
Lawrence Busch, director del Insitituto de Estándares de los Alimentos y Agricultura de la Universidad de Michigan y del Centro para los Aspectos Económicos y Sociales de la Genómica, de la Universidad de Lancaster, Inglaterra, será uno de los invitados internacionales.
Para Busch, si un país no define legalmente qué quiere respecto de la producción de transgénicos, deja la puerta abierta para que se produzcan fallas de seguridad que pueden impactar en lo productivo y en lo comercial.
Chile, aunque no tiene legislación sobre OGM, sí puede reproducir sus semillas para exportación y pude importarlos y usarlos como alimentos para ganado….
Dada la naturaleza política de este tema a nivel global, yo urgiría: Chile debe tener un marco regulatorio. Si no lo hace, los productores, compañías de semillas, procesadores e incluso consumidores pagarán el precio. Pero también insisto en que Chile tiene que tener un diálogo democrático en esta materia, uno que no se limite sólo a las áreas científicas, sino que considere las preocupaciones de todos los sectores tanto técnicos, como económicos, políticos, éticos y sociales, respecto de autorizar o no a los OGM.
Eso debe considerar seriamente temas tan importantes como el derecho de los ciudadanos a saber, los potenciales impactos en los mercados de exportación o en otros tipos de agricultura como la orgánica y las consecuencias en la biodiversidad del país.
– ¿ Por qué es tan importante tener una legislación sobre los OGM?
No tener esa legislación deja abierta la posibilidad de que las compañías de semillas usen a Chile como un lugar para cultivar cosas que pueden ser muy rentables, pero consideradas como peligrosas o de alto riesgo por otros países, ya sea por eventuales efectos en la salud humana o para el ambiente. También no contar con ella puede tener considerables efectos futuros para las exportaciones de Chile, especialmente las de fruta fresca, vegetales y peces. Específicamente, los países que no quieren adquirir productos OGM pueden simplemente dejar de lado el mercado chileno.
Asimismo, tener esta legislación permite a los agricultores, compañías de semillas y procesadores de alimentos, saber dónde están parados legalmente y especificar responsabilidades. Eso estimulará la inversión, aunque ésta dependerá de las regulaciones.
Esa legislación aportará claridad y despejará una serie de temas legales. Este conocimiento podrá ser usado- independiente de su contenido- tanto por los de una determinada cadena de proveedores en Chile, como por los que están involucrados en comercio con el país.
– La producción de OGM tiene impactos económicos y sociales. ¿Cuáles ve como positivos y negativos?
Por cierto que tiene impacto, pero no se puede decir cuáles serán sus efectos en general, ya que depende precisamente de cuál es la modificación genética y cómo responden a ella los usuarios finales. Por ejemplo, hasta la fecha la mayor parte de las modificaciones genéticas se han enfocado a resistencia de insectos y de productos. En la mayor parte de los casos los agricultores han ganado porque han disminuido sus costos de manejo, mayor dependencia con las compañías de semillas y, en algunos casos, por el cierre de ciertos mercados o menores precios.
Uno de los problemas que se les atribuyen es la resistencia de las malezas a los herbicidas
Ha habido cierta preocupación por el exceso de uso de un solo herbicida, aún cuando sea más seguro que los que reemplaza. Asimismo, ha habido preocupación acerca del desarrollo de malezas resistentes al herbicida, aunque hasta ahora este problema no se ha vuelto insuperable. Sorprendentemente, la resistencia de los insectos hasta ahora no ha aparecido en una escala importante.
También ha habido impacto a nivel de las empresas agrícolas.
– A las grandes compañías de semilla les va bien con los OGM, pues obtienen buenos resultados por el pago de patentes. Sin embargo, las compañías más pequeñas, de propiedad familiar, han sido compradas por las grandes o han salido del mercado.
En cambio, los procesadores de alimentos, tanto en EEUU como en Europa, aún se sienten incómodos con los OGM. En Estados Unidos han aceptado la carne de animales alimentados con soya y maíz transgénico, pero han dejado claro que no tienen interés, al menos por ahora, en productos OGM para alimentos procesados. Entonces, los procesadores de alimentos de EEUU han rechazado la betarraga, el trigo y el lino transgénico.
Los productores también han rechazado el arroz transgénico, principalmente porque sus exportaciones van principalmente a países con estrictos requerimientos antitransgénicos.
Fuente: El Mercurio, Chile, Enero 2009