Aun cuando la economía peruana no estaba en un buen momento, en 2002 se otorga a la exploración minera la posibilidad de recuperar el IGV gastado en su búsqueda de nuevos yacimientos, que muchas veces es infructuosa. Se dice que de 100 emprendimientos, 99 no son atractivos.
Con esta medida la inversión anual en exploración pasó de US$ 120 millones (2003) a un pico US$1,025 millones en el 2012. A partir de ese año, desciende por la baja de las cotizaciones de los metales, llegando a US$484 millones; pero este año ha repuntado según el reporte del 30 de noviembre último de S&P Global que señala que ocupamos el primer lugar en exploraciones en Latinoamérica.
Sin embargo se debe explorar aún más porque el nivel de producción peruano está por encima del volumen de reservas que se está encontrando.
Revisando la cartera de proyectos que publica el MINEM se observa que el 75% del monto total de inversión, que es casi US$ 60 mil millones, corresponde a proyectos en etapa exploratoria. Por número de proyectos son 36 de un total de 48. Muchos de ellos tienen serios problemas por su ubicación y la tecnología que exigen para su expltoación.
En la última década no se han hecho descubrimientos interesantes en nuestro país. Toromocho es conocido desde 1920 y Quellaveco desde 1938. El último hallazgo importante fue “Pierina” que se encuentra en etapa de cierre actualmente.
La exploración es una actividad de riesgo alto, por lo que todos los países ofrecen distintas medidas para captar mayores presupuestos. En Canadá, la inversión en exploración minera sirve como crédito fiscal a personas naturales. En Argentina se puede deducir el doble invertido, además de devolver el IGV pagado. En el norte de Brasil y en México las exigencias ambientales son menos rigurosas que en nuestro país. En Chile, no sólo se devuelve e IGV, sino su extensa infraestructura reduce los costos, mientras que en Australia el Estado invierte generosamente en sus archivos geológicos.