Maria Chappuis

Análisis y Comentarios

Semana santa

Los dos hombres caminaban con paso desigual por un estrecho camino de grava, entre huertos y viñedos iluminados por un sol todavía tímido. El paisaje suburbano se extendía desde las murallas de la ciudad hasta el Gólgota, el temido cerro de los suplicios, donde las cruces proyectaban una sombra siniestra sobre la fosa común que sobrevolaban las aves de rapiña.

Adelante el joven sacerdote, detrás el pescador ya maduro, los dos hombres iban en busca de la Tumba para confirmar una noticia increíble, procedente de una mujer definitivamente no digna de confianza…¿acaso el Maestro no había expulsado de su cuerpo a siete demonios?.

Pero la mujer había hablado con extraña seguridad, ofreciendo detalles convincentes. Y así, aquella mañana después del Sábado, el joven sacerdote y el viejo pescador dejaron su refugio y salieron presurosos en procura de aquel lugar de muerte, donde los centinelas ya no montaban guardia.

La enorme piedra que  sellaba el sepulcro había sido removida. ¿Sería posible, acaso?.

Ante la Tumba abierta, Juan, el sacerdote, vaciló: el rito mosaico le prohibía contaminarse ingresando a un sepulcro. Pero Pedro, el pescador, era hombre ajeno a tales escrúpulos. Durante tres noches había llorado su falta de fe, sus dudas, su atroz cobardía del jueves. Esta vez, estaba decidido, no habrían dudas: aceleró el paso, penetró en el siniestro recinto y comprobó, con nítida sorpresa, que sólo los lienzos dispersos y perfumados con que piadosas mujeres habían envuelto al Crucificado recordaban que en ese lugar más bien fresco, en aquella penumbra acogedora, había sido depositado un cadáver.

La Tumba estaba vacía.

Asesinato Judicial.

Teólogos e historiadores aceptan  que Jesús de Nazaret, descendiente de David, fue crucificado durante la Fiesta de Pascua del año 36 de nuestra Era, en Jerusalén.

Fue aquél un periodo crítico, inmediato a dos efemérides conflictivas: el año sabático judío, cuando miles de campesinos abandonaban la tierra para escuchar a profetas y predicadores, coincidía con el Año del Censo romano, cuando se empadronaba manu militari (con mano de militar) a los futuros contribuyentes.

En ese ambiente de crisis política, en aquella sociedad dividida en sectas militantes que polemizaban acerbamente sobre un inminente Final de los Tiempos, en aquel país extraño donde se adoraba a un Dios diferente a todos, gobernaba en nombre de la Roma Imperial un militar torpe y autoritario, Poncio Pilato.

El gobernador aplicó rudamente las leyes, impuso tributos arbitrarios y, empeñado en lo que hoy se llamaría una modernización, malversó el sagrado Tesoro del Templo para construir en Jerusalén un acueducto según el modelo romano. Ante  la inevitable protesta, Pilato infiltró entre la muchedumbre piquetes de legionarios disfrazados que arremetieron a palos y puñaladas contra los quejosos.

La conducta  de Pilato era violenta y su relación con las autoridades locales, conflictiva.

Ese individuo despótico, ese soldado convertido en burócrata, juzgó expeditivamente a Jesús cuando los príncipes de los sacerdotes lo presentaron ante su tribunal, acusándolo de blasfemo, perturbador y, sobre todo, enemigo del Emperador, inductor de la sedición y aspirante al Trono.

“Si no lo condenas, no eres amigo del César”, le habían dicho a Pilato aquellos arrogantes sacerdotes, enriquecidos con el tráfico de las víctimas y el producto de los sacrificios.

Pilato no se preocupó por averiguar la verdad… “¿qué es la verdad?” le preguntó a su Víctima. Jesús demostró su Verdad de la única manera posible: dando la vida por ella.

No hay necesidad de describir el juicio, excepto para notar el regocijo con que los soldados romanos se burlaban de Jesús después de azotarlo. El propio Pilato adoptó la misma actitud: «Aquí está vuestro Rey», les dijo a los israelitas. Después, lo mandó crucificar junto a dos ladrones que habían sido arrestados durante una revuelta. Sobre la Cruz -ordenó- se clavaría un cartel indicando las causas del suplicio: “Jesús el Nazareno, Rey de los Judíos”.

El pueblo se enteró tarde de que las cruces habían sido levantadas en el Gólgota. Los pocos que acudieron llenos de aflicción al escenario de la tragedia, no sólo asistieron a la agonía de las víctimas sino que, además, tuvieron que leer aquellas palabras insultantes, mortíferas para las esperanzas de la Nación.

¿Es que las tribulaciones de Israel no terminarían nunca?. Ésta era, sin lugar a dudas, una negra y débil conmemoración de la Pascua.

Pero a principios de la nueva semana empezaron a circular por calles y mercados extraños informes: el cuerpo de Jesús no se hallaba en la tumba donde había sido enterrado por el piadoso senador José de Arimatea. La Tumba había sido encontrada abierta y vacía. Y éste era un hecho verificado. ¿Quién se había llevado el cuerpo?. Acaso habían sido los romanos, para evitar que los restos del Crucificado fueran objeto de culto. Acaso  los galileos, para trasladar el cadáver a su país de origen. Nadie encontró una explicación convincente y los peregrinos que habían acudido a Jerusalén para la Pascua, incluyendo a los galileos, regresaron con dudas al hogar.

Resurrección.

¿Tal vez fue en el camino de Emaús?. ¿Acaso en la querida y lejana Galilea?. De algún modo, en algún momento, los dispersos seguidores del Maestro fueron animados por la convicción de que, en efecto, Cristo había resucitado. Algunos lo vieron, otros conversaron con Él. Nadie puede pensar racionalmente en una mixtificación, porque los discípulos de Jesús ofrecieron su vida y aceptaron la muerte animados por esa fe. Aquel fue el verdadero Testimonio. Tales hombres no eran los actores de una audaz impostura montada por ellos mismos: nadie muere por una mentira. Aquellos hombres estaban animados por la certidumbre: el Señor había resucitado.

El término Resurrección no es lo mismo que la supervivencia del alma después de la muerte. No tiene nada que ver con fantasmas o espíritus que se materializan. Resurrección significa el “levantarse” de alguien que ha estado tendido como cadáver, la reanimación de un cuerpo muerto de tal manera que el individuo es capaz de respirar, moverse, en resumen, ve restauradas sus funciones básicas. Es como el despertar de un profundo sueño o del coma.

La tradición judía de entonces era bastante clara al respecto, como puede verse en los relatos sobre la Resurrección de Lázaro o del hijo de la viuda de Naím. Por lo que se refiere a Jesús, los Evangelios reflejan inequívocamente lo que significaba la Resurrección, cuando nos muestran al Resucitado enseñando sus heridas y solicitando comida que a continuación ingiere:  es un hombre vivo.  Ha vencido a la muerte.

En el hijo de David se había cumplido la promesa del Salmo 123: “… no, no he de morir. Viviré y cantaré las obras de Yahvé”.

Siglos después, un sacerdote con alma de poeta hallaría en la Resurrección el tema de un sermón destinado a ensalzar la victoria del Hombre sobre la Muerte: «. !Resucitó¡. ¿Dónde está la muerte?. ¿Dónde está su gloria?. ¿Dónde su victoria?».

Pentecostés.

Algunas semanas después, los mismos hombres estaban reunidos en Jerusalén, en la casa de Juan el Sacerdote, para celebrar la Fiesta de las Semanas, donde según la tradición se renovaba la Alianza, se amonestaba a la gente para que se arrepintiera y creyera en Dios. Era un día de junio, caluroso y opresivo. El sol brillaba bajo un cielo amarillento. El khamsin, el siroco, ese impetuoso viento del oriente que llena el aire de polvo y arena fina, que provoca sequedad de la boca y atroces dolores de cabeza, que oculta por un momento el sol hasta despojarlo de la fuerza de sus rayos, se abatía sobre la ciudad. La tormenta estalló en la mañana, cuando los discípulos se reunieron para las oraciones matutinas.

Entonces recibieron al Espíritu: quedaron como en éxtasis, rompieron a cantar y a gritar, como borrachos. Lenguas no conocidas expresaban sus ideas. Llenos de fuerza, empapados de confianza, salieron a predicar en aquella ciudad hasta hace poco extraña para ellos, pobres e ignorantes provincianos. Pero ahora sentían dentro de sí un corazón nuevo y un espíritu renovado, como el que había sido prometido a sus padres. Sus palabras, antes vacilantes, sonaban ahora con extraña autoridad ante un auditorio receptivo.

Fue el viejo pescador quien habló a nombre de los Once. Su mensaje era sencillo y poderoso. El que crucificaron, el Hijo de David, se había alzado de entre los muertos, estaba sentado a la diestra de Dios. Recordó que el pueblo esperaba a un Mesías: “Ese Mesías es Jesús y todos somos testigos de que Dios lo resucitó”.

De aquella Tumba vacía salió la Fuerza que transformaría el mundo.

alejo 3

Autor: German Merino

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