Maria Chappuis

Análisis y Comentarios

Derrame remarca riesgos de proyectos petroleros en selva tropical

Cuninico, Perú

Por miedo de pescar cerca de casa a causa de un derrame de petróleo en las proximidades de esta pequeña aldea indígena kukama a las orillas del amplio y fangoso río Marañón, Joel Arirama llevó su canoa dos horas aguas arriba hacia un afluente, donde pensaba que los peces serían seguros.

Sin embargo, cuando su esposa comenzó a cocinarlos, un olor a gasolina flotó en el ambiente. Arirama pensó que ella había derramado querosene, pero el olor provenía de los peces que se freían.
Dos meses después de que la rotura de un oleoducto de 40 años de antigüedad arrojara petróleo en el bosque estacionalmente inundado cerca de aldeas de casas de madera y techo de palma levantadas sobre pilotes, los habitantes de la cuenca baja del Marañón temen los posibles impactos a largo plazo sobre su salud y medios de vida.

César Mozambite y su esposa, Flor de María Parana, solían viajar río abajo hasta Maypuco, la capital del distrito, una o dos veces a la semana para vender pescado por alrededor de un dólar el kilo.

“Ahora nadie quiere comprar nuestro pescado, no en Maypuco o en cualquier otro lugar”, dice.

Habiendo perdido ese ingreso por el momento, él y su esposa se preguntan cómo van a comprar los útiles escolares para sus hijos.

El derrame y sus consecuencias subrayan los riesgos ambientales que enfrentan las comunidades kukama kukamiria en la parte baja del valle del Marañón, una de las cuatro cuencas afectadas por cuatro décadas de perforación petrolera que ha ensuciado los cursos de agua y los bosques.

En términos más generales, ello ilustra los impactos potenciales que se avecinan sobre las comunidades indígenas y sus ecosistemas de apoyo en los países amazónicos, en especial Perú y Ecuador, que están buscando expandir sus operaciones petroleras en regiones selváticas remotas.

El gobierno ha declarado una serie de emergencias ambientales y de salud en las cuencas Corrientes, Pastaza, Tigre y Marañón, pero poco se ha avanzado en la remediación o distribución de agua potable, dice Renato Pita de Puinamudt, un grupo que ofrece asistencia técnica a las federaciones indígenas de las cuatro cuencas.

En mayo, el gobierno estableció tres grupos de diálogo para discutir temas clave relacionados con las operaciones petroleras: salud, saneamiento y desarrollo cultural; titulación de tierras y compensación por uso de territorios, y reparación y pago por daños ambientales. Hasta ahora, sin embargo, sólo dos de los grupos no han hecho más que elaborar las agendas, dice Pita.

Los pobladores de Cuninico dieron la alarma sobre la fuga en el oleoducto el 30 de junio, cuando vieron una mancha de petróleo y una masa de peces muertos cerca de su comunidad, que se encuentra en la confluencia de los ríos Cuninico y Marañón en la región Loreto, en el noreste del Perú. Los ríos son las únicas fuentes de la comunidad de agua para beber, cocinar, lavar y bañarse.

Informaron de la mancha a Petroperú, la empresa petrolera estatal que opera el oleoducto de 845 km que bombea crudo pesado desde varios yacimientos de petróleo en la región amazónica del norte de Perú hasta, tras cruzar los Andes, un puerto en la costa.

Representantes de la empresa llegaron esa tarde, y para el 12 de julio la rotura estaba arreglada y el oleoducto estaba bombeando de nuevo. Un mes después, varios cientos de trabajadores estaban recogiendo el petróleo del canal del oleoducto en bidones metálicos.

Empleados de Petroperú habían notado un descenso de la presión en el oleoducto, indicativo de una fuga, el 22 de junio y dejaron de bombear crudo, pero los inspectores no pudieron localizar el origen del problema, dijo un portavoz de Petroperú en un mensaje por correo electrónico.

Galo Vásquez, presidente de la comunidad de Cuninico, dijo que la gente había notado que el pescado tenía un sabor aceitoso tres o cuatro días antes de que apareciera la mancha de petróleo. Habitantes de las comunidades vecinas dijeron que también vieron gran número de peces muertos en las vías fluviales durante la última semana de junio, pero que no los asociaron con el oleoducto hasta que oyeron sobre el derrame.

Esa sección del oleoducto, que atraviesa la zona de amortiguamiento de la Reserva Natural Pacaya Samiria, un amplio humedal protegido bajo el tratado internacional Ramsar, está bajo el agua desde alrededor de noviembre, cuando el nivel del río Marañón comienza a subir, hasta mayo o junio, cuando el nivel del agua disminuye.

A medida que el río crece, los peces migran a una red de lagos y canales en el bosque, volviendo al río cuando el nivel del agua baja de nuevo. Los lugareños dijeron que el agua en el bosque cerca del oleoducto tenía unos 1.5 metros de profundidad en el momento en que ocurrió el derrame. Dos semanas más tarde, el suelo quedó expuesto y los troncos de los árboles a lo largo del canal del oleoducto estaban teñidos de negro hasta una altura de alrededor de medio metro.

Según Petroperú, el derrame ascendió a unos 2,358 barriles y afectó 4.5 hectáreas en un lado del oleoducto y 4.2 hectáreas en el otro.

La empresa no ha hecho ninguna declaración oficial sobre la causa de la rotura, aunque en una reunión comunal en Cuninico más de una semana después de que se informase del derrame, un representante de Petroperú culpó a una “mano ajena”. Vásquez lo cuestionó, diciendo que sonaba como si la empresa estuviera acusando a la comunidad de sabotaje.

En un comunicado publicado en el diario La República el 8 de agosto, Petroperú dijo que pruebas realizadas en “una prestigiosa universidad” mostraron que la fuga “se debió al retiro deliberado de la protección de la tubería; lo cual expuso al metal a un proceso de corrosión localizada y acelerada que terminó debilitándolo, hasta producir su rotura”.

Un informe de un fiscal ambiental, que visitó el lugar a principios de junio, dijo que una funda protectora de polietileno había sido cortada en el punto de la rotura. Vásquez dijo que fue presionado para firmar el informe, aunque hombres de la comunidad dijeron que cuando ayudaron a elevar la tubería fuera del agua, la funda no estaba cortada, sino que parecía haberse deslizado de su lugar.

Un informe de Osinergmin, el organismo regulador del gobierno para la energía y la minería, atribuyó la rotura a la corrosión, probablemente acelerada por el deterioro de la funda. Otras fundas protectoras a lo largo del oleoducto están visiblemente raídas y desgastadas.

Más de 250 trabajadores están limpiando el derrame, de acuerdo con Petroperú. La recuperación del petróleo debe estar completada en la primera quincena de septiembre y la recolección de otros materiales contaminados a mediados de octubre, de acuerdo con la respuesta de la empresa por correo electrónico.

El Organismo de Evaluación y Fiscalización Ambiental (OEFA), el órgano regulador del gobierno, ha puesto en marcha procedimientos administrativos contra Petroperú, incluyendo una investigación que podría durar seis meses, de acuerdo con María Antonieta Merino, subdirectora de supervisión del OEFA.

Nueva legislación aprobada en junio recorta las multas por violaciones ambientales a alrededor de un tercio de sus niveles originales (véase “Paquete de estímulos suscita preocupaciones ambientales en Perú” —EcoAméricas, junio 2014), pero podría aplicarse la cantidad total si el OEFA dictamina que el derrame hizo daño a la vida y la salud.

En la semana después de conocerse el derrame, los aldeanos dijeron que les ardían los ojos cuando se bañaban en el río Cuninico y que a los niños les brotaban erupciones. Algunos de los hombres contratados por Petroperú para encontrar la fuga y levantar la tubería fuera del fango con poleas montadas en postes también se quejaron de problemas en la piel.

Durante la primera semana, trabajaron sin equipos de protección, a veces sólo en ropa interior y hundidos hasta el cuello en agua aceitosa, dijeron los hombres. Petroperú empezó a proporcionar trajes de protección cuando un equipo de la televisión peruana apareció para filmar el lugar del derrame, dijeron.

Hay más preguntas que respuestas sobre los impactos a largo plazo del derrame, especialmente una vez que los niveles del agua comiencen a subir en unos meses. Los investigadores dicen que la hidrología de los bosques inundados estacionalmente como los que cubren y rodean la reserva Pacaya Samiria es compleja, poco estudiada y difícil de modelar.

Los estudios sobre el derrame de Deepwater Horizon en el Golfo de México en 2010 están proporcionando nueva información sobre los impactos ambientales de los hidrocarburos, pero algunos compuestos podrían comportarse de forma diferente en los humedales tropicales como los que rodean Cuninico.

La luz y los microbios que se dan naturalmente ayudan a la remediación descomponiendo el petróleo derramado, dice Edward Overton, profesor emérito de química ambiental en la Universidad Estatal de Louisiana en Baton Rouge.

“Una vez que el petróleo entra en un ambiente donde existe oxígeno, se degrada muy rápidamente”, dice.

La tarea más importante, añade, es “detener la fuente y limpiar los residuos. No se debe dejar el petróleo enterrado, porque cada vez que haya un evento de inundación, ese petróleo se liberará”.

Pero el petróleo atrapado en sedimentos bajo agua estancada no se expone al oxígeno, y eso podría ocurrir en los humedales amazónicos del Perú, dice Ricardo Segovia, hidrogeólogo de E-Tech International, firma de ingeniería estadounidense que asesora a organizaciones indígenas peruanas sobre temas petroleros.

En ese caso, un riesgo particular lo plantean los hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP), componentes químicos del petróleo considerados probables carcinógenos humanos, son peligrosos para los fetos en desarrollo, y han sido vinculados a problemas en el hígado, la piel y el sistema inmunológico.

“Los microbios degradan todos los componentes [del petróleo], pero ciertos componentes se descomponen más fácilmente”, dice Olivia Mason, profesora asistente de oceanografía biológica en la Universidad Estatal de Florida en Tallahassee, Florida, que está estudiando el derrame de la plataforma Deepwater Horizon. “Los HAP son más difíciles de degradar por los microbios”.

Agrega que sin oxígeno suficiente, los HAP podrían persistir como lo han hecho en algunos lugares afectados por el derrame del petrolero Exxon Valdez en Alaska en 1989.

Los efectos a largo plazo sobre los peces y la pesca son también desconocidos. Los peces son la principal fuente de proteínas y de ingresos en efectivo del pueblo kukama, y los lagos que rodean Cuninico han sido tradicionalmente una rica zona de pesca para diversas comunidades a lo largo de ese tramo del Marañón.

Ahora, sin embargo, los aldeanos tienen miedo de comer esos peces, y sus clientes han recurrido a otras fuentes de alimentos. Si el comercio de la pesca tarda mucho en recuperarse, algunas familias podrían verse obligadas a emigrar a las ciudades.

Cuando los investigadores de E-Tech visitaron Cuninico a mediados de agosto, el pescado encabezaba la lista de preocupaciones de la gente, especialmente entre las mujeres, dice Diana Papoulias, bióloga especializada en toxicología acuática.

Cuando separó una docena de peces recién capturados para abrirlos y examinar sus órganos en busca de signos de estrés toxicológico —aletas desgastadas, branquias o hígados pálidos, bazos agrandados, vesículas biliares oscuras, grasa maloliente— pronto fue rodeada por unas 50 personas. Cuando cocieron algunos de los peces a pedido de Papoulias, ella también encontró que olían o sabían a gasolina.

Mientras se examinan a fondo los peces, Papoulias recomendó que la gente filetee el pescado en vez de cocerlo con la cabeza y la piel, como suelen hacer, y que los niños y las mujeres que están embarazadas o en edad fértil opten por el pescado en conserva en vez de peces silvestres.

El malestar por el suministro de alimentos se está propagando por la vida de la aldea. Proveedores externos están vendiendo pescado en la comunidad por el equivalente de unos US$3 el kilo, cuando la mayoría de la gente solía comer pescado gratis.

Y las mujeres embarazadas pueden verse obligadas a elegir entre la deficiencia de proteínas y el consumo de pescado que podría causar problemas de desarrollo a sus hijos por nacer, dice David Abramson, subdirector del Centro Nacional de Preparación para Desastres del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia en Nueva York.

Los investigadores han pedido monitoreo a largo plazo del agua, el suelo, los sedimentos y los peces en el área del derrame y en los lugares donde la gente pesca, aunque señalaron que los estudios se verán obstaculizados por la falta de datos previos al derrame.

Merino de la OEFA dice que su dependencia está analizando peces capturados cerca de Cuninico, pero los investigadores advirtieron que la muestra que se está utilizando es demasiado pequeña para ser representativa.

Papoulias teme que, sin estudios completos, los aldeanos carecerán de la información que necesitan para decidir si su pescado es seguro.

“Temo que lo que va a pasar [es que] la gente no escuchará otra cosa”, dice, “y empezará otra vez a comer el pescado, sin saber y siempre preocupada”.

– Barbara Fraser

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